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lunes, 20 de junio de 2011

Demoler la estación de tren (Los Saicos)

Elijo cada tanto el ferrocarril y busco siempre el mismo asiento: flanco este, mitad de vagón, contra la ventanilla. Sobre todo si es la mañana. Sobre todo si ha llovido. Entonces, pasadas dos estaciones, al describir la formación una inmensa y pausada curva, puedo regalarme con una gran extensión de pampa, sólo interrumpida allá lejos por la autopista, cuya vista intento evitar describiendo con la mirada (y quizá, para sorpresa del resto del azorado pasaje, con la cabeza) grandes círculos evasivos, pues trunca, como trunca el campo raso con su traza de concreto, mis ensoñaciones.
Herida al ras por los rayos del levante, sobre todo desde mediados de la primavera, la extensión se tiñe de dorados inusitados.  En verdad no tiene en absoluto nada de particular. Campo raso y un árbol chato acá o allá. Lo llamativo del caso es el color que adopta, bajo cierta luz, en cierto momento preciso de la mañana, visto todo desde desde una particular posición: flanco este, mitad de vagón, contra la ventanilla y, no lo dije antes, orientado el pasajero, es decir, yo, en la dirección en que avanza el tren. Ignoro si algún otro pasajero ha descubierto ese oro que cubre la pequeña pampa encerrada entre las vías del ferrocarril Grl. Roca, la autopista Buenos Aires - La Plata, la estación Ringuelet y el arroyo.
Junto al arroyo se levantan unas pobres casas, unas casitas de nada. A veces un caballo o dos se mueven despaciosos, fatigados, por la pequeña pampa. Pastan hierbas ásperas y abrevan en las charcas que la reunión de las lluvias con algunas irregularidades del terreno hacen nacer como espejitos que multiplican aún la belleza del dorado matinal. Son los caballos que traccionan los carros con los que los habitantes del arroyo recorren la ciudad. Sumergidos en el mismo sol matinal, se enaltecen también y, a pesar de ser, a cualquier otra hora, bajo cualquier otra luz, desgarbados matungos, adoptan en ese instante en que el tren que me transporta en el asiento justo, con la orientación precisa, bordea veloz la extensión bañada en oro, una apostura que no iguala el último campeón del premio Dardo Rocha el pasado 19 de Noviembre.
La vista de este milagro cromático es, sin embargo, muy breve. Poco más de un minuto después de abandonar la estación (y tal vez exagere) se desvanece ya la áurea visión, justo al pasar la formación junto a las casitas que se levantan sobre la orilla al arroyo.
Yo no sé si otros pasajeros saben del milagroso color de la llanura que se deja ver en el momento justo de la mañana, desde el asiento preciso y con la orientación conveniente, pero sí he podido notar que al pasar el tren junto a las casitas las caras todas están volteadas en la otra dirección o enfocadas en el interior de bolsos o carteras que unas manos hurgan no sin algún temblor. Sé, también, que al pasar por ahí, al cruzar la frontera entre el dorado maravilloso y el pastiche de ocres y grises que gana el terreno inmediatamente después, se hunde el corazón del observador en la más profunda melancolía.
El resto del trayecto guarda pocas sorpresas. Alguna que otra vez, si la lluvia de los días anteriores ha sido profusa, los pastos que nacen entre el montón de hierros oxidados y adoquines que se abultan a un lado de las vías, casi al final del recorrido, cuando el tren avanza ya más lento, son de un verde muy intenso, inesperado, que contrasta con su entorno y produce en el observador las evocaciones más diversas: un día la mezcla cáustica de tristeza y cólera ante una promesa no cumplida, otro la reconfortante sensación de una esperanza revitalizada, las más de las veces la dolorida confusión que se siente ante el espectáculo de la tenacidad, del apego a la vida aun en las circunstancias menos propicias.
Al fin el tren entra en la estación terminal, la locomotora se detiene y el pasaje desciende. Yo me bajo y camino tratando de distraerme, tratando de evitar hacer, una vez más, la infeliz asociación entre aquella palabra, "terminal", y las salas de cuidados intensivos de los hospitales.

Este comentario le hice una tarde, no mucho tiempo atrás, a J. D.. Conversábamos sobre demasiadas cosas, todas a la vez, sugeríamos discos desiguales e intercambiabamos chistes groseros, confortadores mates, indignaciones, improperios, arengas políticas, todos componentes de nuestra amistad. Ante una intervención suya a propósito de la  orientación actual de todo esfuerzo de la industria y la vanguardia tecnológica hacia la conversión del ciudadano en un mono demasiado inteligente y capacitado para el aplauso y la pulsión de botones en pantallas táctiles, pero no lo suficiente para el ejercicio de una esmerada democracia, le solté mi historia. Al callar yo, J.D., con los ojos muy abiertos y la vista fija, como los visionarios, los profetas, en un punto lejano e impreciso, vaciló un instante y dijo, pausado pero firme, "hay que demoler la estación de tren".

LOS SAICOS - ¡DEMOLICIÓN!, THE COMPLETE RECORDINGS - 2010
Compilación de singles de 1964 - 1966


1. Come on (Ven aquí)
2. Ana
3. Demolición 
4. Lonely Star (Estrella Solitaria)
5. Camisa de fuerza
6. Cementerio
7. Te amo
8. Fugitivo de Alcatraz
9. Salvaje
10. El entierro de los gatos
11. Besando a otra
12. Intensamente


Y te lo bajás de acá: http://www.mediafire.com/?030cv8dtitldnku